16 de septiembre de 2016

Y... ¿PARA QUÉ ESTÁS EN INGLATERRA?

Tenía 22 años, carnet de coche, carrera de ingeniera terminada y, supuestamente, buen nivel de inglés. Lo suficiente para que la sociedad confirme que vas por el buen camino. ¿Ya me puedo ir? Era, pues, el momento de hacer lo que llevaba años rondándome la cabeza. Marcharme un año fuera. A vivir, con todas las letras. Era libre, no tenía nada que perder y podía haber elegido entre millones de destinos. Pero me decanté por Londres. Me dejé llevar por la inercia y, aunque aquellos meses en Inglaterra no crecí nada, a día de hoy estoy convencida de que si no hubiera pasado por allí ahora no sería quien soy. Como ya he contado alguna vez, vivía con una familia de madre inglesa y padre francés. Trabajaba como au-pair haciendo cosas de casa, llevando al niño al colegio cuando hacía falta, cocinando muy de vez en cuando... Y los fines de semana, siempre que podía, trabajaba como babysitter en casas que no eran la mía. Podría traducirse como niñera pero, en algunas ocasiones, no llegué ni a ver los niños. El trabajo más cómodo que he hecho en mi vida y, además, bien pagado. Llegaba a las 8 de la tarde aproximadamente, cuando los críos ya llevaban un buen rato durmiendo, y me marchaba sobre las 2 de la mañana cuando los padres volvían de su cena, fiesta or whatever. Un chollo, vaya.


Parece que me invento las condiciones meteorológicas siempre que hablo de Inglaterra para darle más drama al asunto, pero es cierto. Aquella noche de Diciembre de 2012 llovía a mares y la niebla no te dejaba ver casi ni por dónde caminabas. No había nadie por la calle a esas horas intempestivas de la tarde y, caminando, llegué a mi destino. Abrí la verja de la casa y siguiendo el caminito, me dirigí hasta la puerta. Me abrió una mujer que no podía ser otra cosa que inglesa, pero de eso me di cuenta más tarde. Detrás de ella estaba él. El hombre. El mismísimo Hassan II de Marruecos (padre del actual monarca Mohamed VI). En pintura, claro. ¡Dios me libre! Un enorme cuadro de Hassan II me daba la bienvenida al que, por unas horas, iba a ser mi hogar. Había estado varias veces en Marruecos y sabía bien quién era el señor de aquel cuadro. Perdón por lo de señor. No recordaba haber visto nunca uno en el Magreb así que encontrármelo de frente y en pleno Londres fue muy chocante. Pensé, la cosa se pone interesante.


Hice como que no había visto nada y, después de las presentaciones y de las instrucciones básicas, la pareja se fue de cena. Con mi DVD de la serie Prison Break en la mano, me dirigí al salón y cuál fue mi sorpresa que el mueble blanco de la televisión - que ocupaba toda la pared - estaba lleno de libros de Marruecos. De historia, de decoración, de fotografías, de rutas, de viajes... Lleno. De todo. La mayor biblioteca del Magreb en la que he estado en mi vida. Dejé a mi queridísimo Michael Scofield tirado en el sofá y me pasé la noche cotilleando. Cogiendo y dejando. Devorando libros. Así pasé más de 6 horas hasta que, de madrugada, volvió el matrimonio con el típico pedo inglés. Tal cual os los podáis imaginar. Tal cual. Aún a riesgo de parece poco polite, no me pude callar y les pregunté directamente que a qué se debía todo aquello. Me contaron que durante 10 años habían vivido en Marrakech. Tenían un riad en la ciudad pero nació su bebé y consideraron que era más oportuno criarlo y educarlo en su país de origen. Decidieron vender el hotel y volver a casa, pero la pasión y el cariño con el que hablaban del país africano era genial. Como no podía ser de otra forma, yo también me vine arriba y, después de un rato compartiendo ilusiones, el padre de aquella familia me preguntó: "Y si sabes que en Marruecos estás feliz... ¿para qué estás en Inglaterra?"

Os juro que escuché el grillo ese que suena en las películas cuando nadie quiere dar la cara. Cri, cri... Cri, cri... Piensa, Carlota. Piensa. ¿Por qué estás aquí? Vamos, algo tiene que haber. ¿Por qué? Eo, eo, eo. ¿Hay alguien ahí, pelirroja? I don't know, le dije finalmente. No sé, para aprender inglés. Soné tan convincente como una piedra y el hombre me contestó: Come on, inglés ya sabes y lo puedes aprender en cualquier sitio... Tierra llamando a Carlota, ¿me recibes? ¿Por qué sigues aquí?, volvió a repetir. Ya, no sé... 


Maldita sea. Llevaba meses viviendo allí, acostándome algunas noches llorando sin saber muy bien porqué, y no había sido capaz de hacerme esa pregunta. Seguramente por eso, porque no tenía respuesta. Pero sabía muy bien que cuando realmente deseas algo, cuando lo quieres de verdad, el mundo entero conspira para que lo consigas. Y me fui. Me fui a casa corriendo, sin importarme demasiado llegar empapada por ir saltando de charco en charco. Sin cambiarme de ropa, encendí el ordenador y, en la misma web en la que había encontrado a mi familia inglesa, busqué alguna familia marroquí que me pudiera necesitar. Puse "Marruecos" directamente en el filtro y voilà! ¡Tres familias buscaban chica! Dos de ellas, a una francesa. Shit! Y, la otra, a una española. ¡Encima sólo querían que enseñara español a sus dos hijos! ¿Qué más podía pedir? La vida es corta y la suerte es lenta, así que les escribí aquel viernes de madrugada, adjuntándoles en el mensaje el link de mi post "Cosas que he aprendido en Marruecos", y me contestaron el domingo después de comer. Por la tarde, mientras trabaja en otra casa, hice un Skype con ellos y... ¿me creéis si os digo que ese mismo martes ya tenía mi vuelo a Rabat? 

Mi última noche en Londres la pasé entre lágrimas, pero esta vez sí sabía porqué lloraba. De emoción. De ilusión. De ganas. De alegría. De vida. De pura energía. Dejé todo lo que tenía allí, que era nada, y aposté por lo que me hacía feliz. Quise escribir yo el guión de mi historia porque dejar que lo escriban otros es una muerte anunciada. Escuché a mi intuición, fui donde me llevó el corazón y la vida acabó dándome la razón. Ya lo dice Keny Arkana, la verdad está en ti y vale  mucho más que todo lo establecido. No sé cuántas veces he escuchado ya eso de que fui muy valiente por irme a vivir Marruecos. ¿Valiente? ¿Valiente de qué? Valiente es ser consciente de los riesgos y asumirlos. Valiente hubiera sido quedarme en un lugar que me estaba consumiendo sin saberlo. En una ciudad en la que no era capaz de ser yo. ¿Qué riesgo iba a correr en África? ¿Dejarme el corazón allí? Joder, a buenas horas...

14 de septiembre de 2016

POR FAVOR, APAGA ESA MIERDA YA

Nunca. Nunca he conocido de cerca una noticia y, al verla contada en televisión, he sentido que se estuviera diciendo toda la verdad. Jamás. De hecho, no sólo eso sino que en la mayoría de ellas se mentía. Se mentía descaradamente.Ocultar la verdad cuando se supone que te dedicas a informar es grave. Pero inventar y decir mentiras, manipulando así la opinión pública, tiene delito. Y es que, como dice la canción, una noticia mal contada es un asalto a mano armada. La mayoría de esas noticias apenas tenían mayor trascendencia a nivel nacional. Mucho menos internacional. Pero se mentía. Se decían verdades a medias. Se tergiversaba la información sobre sucesos sin aparente relevancia. ¿Qué no harán entonces con acontecimientos que afectan a la economía, la seguridad y la organización mundial?



Acababa de cumplir 12 años cuando ocurrió el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York. Aunque no la había visitado nunca, era una apasionada de la ciudad. Me pasaba horas leyendo libros sobre ella, viendo fotografía, devorando reportajes... Y aquel 11 de Septiembre, los dos símbolos más emblemáticos
de Manhattan fueron atacados y derribados. No hacía falta tener un Doctorado para que la versión oficial te oliera a terrible chamusquina. Desde entonces y hasta el día de hoy, he escuchado decenas de testimonios (de testigos, ingenieros, pilotos, arquitectos, controladores aéreos...) sobre lo ocurrido. He visto cientos de imágenes analizadas por personas imparciales que saben de lo que hablan. He escuchado decenas de curiosidades que no pueden ser casualidades. He analizado miles de datos que no dejan lugar a dudas. Aquel atentado es el mayor cuento que nos hemos tragado en la historia reciente. Y, como ese, mil más.Quince años de verdades a medias y secretos mal contados, imposibles ya de enumerar.

Era sólo una cría y aquella ciudad que me volvía loca, de alguna forma, me había cambiado el chip. Me había hecho ver que la realidad supera a la ficción y que, para la mayoría de la población, lo que dice la televisión va a misa. Aunque lo que cuenten no tenga ni pies ni cabeza. Da igual. Los medios de comunicación son un peligrosísima arma de alienación masiva, capaces de hacernos tragar sin masticar. De creer sin analizar. De juzgar sin conocer. Y de hablar sin saber. Ya lo decía Malcom X, "si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido". Y eso es justamente lo que estamos haciendo.


Así que, por favor, apaga esa mierda ya. Hazte ese favor y deja de permitir que laven tu cerebro. Sólo dicen lo que quieren que sepas. Aún siendo consciente de su capacidad de manipulación, tu subconsciente no perdona. Miles de imágenes, titulares y opiniones están ahí, sin que tú lo sepas. No son tuyas, no las has creado tú. No nacen de tu experiencia, ni de tu razón, ni de tu corazón. No te pertenecen. Son suyas, pero te están matando. A ti y a todos. Quien no se mueve no siente las cadenas, así que sal ahí fuera y libérate. No sabes bien la de gente increíble, lugares maravillosos y experiencias únicas que te estás perdiendo sólo porque interesa más que estés en casa. Callado, parado, atontado. Sólo así pueden manejarte. Aburrido, cabreado, estancado. Pero no caigas en su trampa, no caigas en su juego. Siempre ganan ellos. Sé que no es fácil asimilar que somos marionetas en sus manos, pero saber leer entre sus líneas hará que pienses de forma libre. Duda de todo. De absolutamente todo. Piensa y descubre las cosas por ti mismo. Analiza. Busca otras fuentes de información. Sé crítico. Y, sobre todo, no tengas miedo a volar. Las vistas son espectaculares.

13 de septiembre de 2016

DE MARRUECOS A IRÁN, PASANDO POR EL BLOG

Ella es Cristina​, entre mujeres afganas a las que conocimos en nuestro viaje a Irán. Hace más de un año y medio Cris iba a emprender un viaje en solitario por Marruecos y, navegando por Internet, dio con mi blog. Me escribió para pedirme consejos y, además, compró mi librillo de "Apuntes de dariya para principiantes". Apenas llevaba unas horas en Rabat, la primera ciudad que visitaría en el Magreb, cuando me escribió un email. Una foto suya en el precioso barrio de Oudayas, por el que tantas veces yo me perdía, acompañaba a unas sinceras palabras llenas de agradecimiento, ilusión y alegría. Por su manera de expresarse, supe que era de las mías y no pude evitar decirle lo que ella ya sabía. "Deja que el Magreb te sacuda el alma y la vida". Eso fue lo último que hablé con ella. Hasta que el pasado 3 de Abril volvió a escribirme. "¡Hola, Carlota! Voy a viajar a Irán en unos días, por libre y en solitario, y he pensado que igual te interesaría. Casi todo el mundo piensa que estoy loca pero sé que hay personas como tú que pueden llegar a entenderlo. Un abrazo". Y no hizo falta decir nada más. En apenas dos semanas estábamos rumbo a Oriente, ella desde Barcelona y yo desde Bilbao. La conocí haciendo escala en el aeropuerto de Estambul (Turquía) y me despedí de ella, de madrugada y con gran emoción, en el aeropuerto de Teherán (Irán). Cris. Un regalo del destino, una de tantas loterías que me han tocado en la vida. Un ejemplo claro de que el mundo es de los valientes y de que sólo el que arriesga, gana. Un viaje único y divertidísimo, de la mano de la serenidad y el saber hacer hecho mujer. Una mujer que te devuelve la fe en la humanidad y te recuerda que no se puede vivir la vida a medias, porque el mundo ya va servido de mediocridad. Una experiencia inolvidable que nació aquí, en un espacio virtual llamado "no es nada personal". Ya ves tú, qué ironía más genial.

22 de agosto de 2016

EL INCUESTIONABLE PODER DE UN PENE

Maldito Diario As,

maldito tú y malditos todos los de tu especie. Malditos talibanes de la des-información que seguís alimentando un sistema patriarcal del que ya estamos empachados. O, permitidme el lenguaje exclusivo, empachadas.


Carolina Marín es la primera mujer no asiática que consigue una medalla de oro en Bádminton, pero eso a vosotros, como periodistas deportivos, os la suda. Valga la redundancia. No os parece relevante que tenga 23 años, ni que sea española, ni que se apellide Marín, ni que sea la primera mujer que lo logra. Os dan igual los años de lucha, las horas de entrenamiento y la indudable superioridad de la joven. Son datos irrevalentes si tenemos en cuenta que la persona que la entrena tiene pene. Y todos sabemos que quien tiene un pene, tiene un tesoro. Tanto, tanto, que el hecho de que Carolina sea una mujer queda en un segundo plano. Y es que no sólo no mencionáis la palabra mujer - no vaya a ser que alguno os lea y se crea que las mujeres somos capaces de alcanzar metas por nosotras mismas -  sino que ni siquiera la tratáis ya como una niña. Esa niña que admira a Rafa Nadal. La deportista olímpica es sólo una niñata, una cría consentida y rabiosa a la que - gracias a Dios - su entrenador ha salvado del abismo. El hombre, el macho ibérico, el macho alfa. El mérito es de él, no de ella. Ella no es más que un complemento circustancial detrás de un sujeto que lo abarca todo. La hazaña, la medalla y el logro de convertir rabietas en oro. Bendito sean ellos entre todas las mujeres.

Y si vuestro titular no era lo suficientemente machista y paternalista, lo acompañáis con una imagen que viene a confirmar lo mismo. Ella, una mocosa despreocupada, pasota, que no atiende, que no escucha, que vive de rabieta en rabieta. Él, el hombre, la profesionalidad, el talento, la templanza, el saber hacer.


No son exageraciones, no son paranoias. No es feminazismo, no es buscar tres pies al gato. Es sólo saber lo que es un sujeto y un predicado. ¿Quién? Él, Rivas. ¿Qué hace? Convertir. ¿Qué? Rabietas. ¿En qué? Ni más ni menos que en oro. ¿Rabietas de quién? ¡Ah, sí! De una tal Carolina.

Pero lo peor no es vuestro titular, lo peor es que la inmensa mayoría de la población lo lee sin inmutarse. Sin que le duela, sin que le pique. Sin ofenderse, sin alterarse. Les parece poco importante y carente de toda relevancia. Lo traga sin masticarlo y lo vomita, entre amigotes, sin digerirlo. Y así seguimos, removiendo mierda de otras culturas mientras titulamos - por enésima vez - que una mujer sin un hombre que la lleve, por no ser, no es ni mujer. 

10 de agosto de 2016

LAS CADENAS DE LA LIBERTAD

No he practicado este deporte en mi vida. Por eso, si alguien me dijera mañana "¿Te vienes a jugar al volley en la playa?", mi sentido común - acertado o no - me llevaría a vestirme para la ocasión de una forma que no se parece a ninguna de las de la imagen. No por nada, sino por todo. Pero como desconozco por completo qué sería lo más apropiado para sufrir lo menos posible durante el partido, mi opinión al respecto importa más bien poco.

(...) Todos son deportistas olímpicos pero basta con leer estos días los titulares sobre los Juegos para darse cuenta que de ellos importa su profesión, sus medallas y sus logros. De ellas, sin embargo, su físico, su ropa y su marido. Una vez más. Ellos, el talento. Ellas, la imagen. Ellos, personas que admirar. Ellas, objetos que mirar.


Pero, volviendo a la famosa imagen, yo lo único que sé es que si realmente los deportistas pueden elegir su indumentaria, me sorprende que los hombres nunca elijan cubrirse la cabeza. Igual que me sorprende que nunca decidan jugar en bragas. Es importante asumir de una vez por todas que el hecho de que algo sea normal culturalmente no quiere decir que no sea sexista. Y si, por definición, el sexismo es la "actitud discriminatoria que hace distinción de las personas según su sexo" estaremos de acuerdo en que a ambos lados de la red existe buena dosis de sexismo. Hay una verdad innegable y es que ningún hombre elige jugar así a este deporte. Ninguno. Nunca. En ningún lado. De ningún país. Ni uno. ¿Por qué? Ese es el debate. El día que reconozcamos que lo que cada uno entendemos por "libertad" viene marcado por los valores sociales, religiosos y culturales con los que convivimos, habremos madurado un poco. Mientras tanto, seguiremos como siempre. Aprovechando cualquier coyuntura para decirle a las mujeres qué ropa ponerse y, sobre todo, qué ropa quitarse. De los hombres, claro, ni mú. Que para eso vivimos en un mundo patriarcal, hombre.